El premio de una vida es el tesoro que aguarda por nosotros, que se nos queda mirando desde las últimas hojas del calendario. Y nos ve, y nos ve...
Si sueño con ese premio, sea cual sea (pues no tengo noción de que algún sueño en particular me pertenezca), me desboco y me adelanto a los acontecimientos. El sólo hecho de ver el premio lo cambia porque lo imaginé, así que el logro de una vida es veleidoso y cambia de atuendo más rápido que la vista... Pero igual se te queda mirando, esperando, llamándote para que camines con pasos ligeros.
Si sueño mucho, me desboco, por ello debo contenerme. Sin embargo, no sé si hay puntos medios entre el soñar que vives y el vivir tus sueños... Soñar es delicioso en la misma medida en que es pernicioso, por ello hay que dosificarlo, como una especie de dieta. Ahí están los extremos del mundo, halando cada uno hacia su lado.
El premio de una vida es el de aprender a caminar con franqueza y soltura sobre la cuerda que une dichos extremos. Sé qué cosas debe contener un sueño cumplido, pero desconozco su naturaleza. No puedo alcanzarlo porque no entiendo lo de los ciclos incompletos, que deben cerrarse para pasar a nuevas aventuras. Hoy me di cuenta de que no entiendo el problema de los ciclos que se cierran...